sábado, 22 de septiembre de 2018

Elevarse al infinito



A todas aquellas personas con las que he sentido  
que me elevaba, o podía elevarme al infinito. 
Con gratitud.

Elévate en la dimensión 
de lo desconocido
y ofrece el fruto de tu caminar
desde los márgenes del río.

Sé elegante en tu paso,
firme en el latir de tu corazón,
no dejes pasar la ocasión
de entregar la sal al herido
y la palabra al umbrío.

Procura el silencio
en los ratos íntimos
y alégrate siempre del cobijo
de tu sombra.

Ten en cuenta que al final
lo efímero es olvido
y todo pasa y nada queda
mas nuestro destino
es pasar.

Sé magnífico. Magnífica.
Sé sublime.
Sé imperfecto.
Inténtalo siempre. Hazlo.
Sé todo lo humilde que la vida
te permita.
Elude eso sí la falsa modestia.

Un día, sin previo aviso,
el espejo te devolverá el rostro
de un anciano, de una anciana.
Entonces sabrás por tus arrugas
y su profundidad
si valió la juventud la dicha la pena
el dolor la navegación en alta mar.

Quizás en ese momento
tu mirada contenga el mundo
y al cerrar los ojos
todo lo que fuiste, lo que somos,
alcance la transcendencia
-la transparencia-
del aliento que se va.

Por eso. Por tanto.
Vive ahora.
Vive siempre.
Elévate al infinito.

(*) Sed magníficos, sed sublimes... Del final de la obra Notre Innocence, de Wajdi Mouawad que me llega a través de mi querida amiga y maestra Consuelo Trujillo, siempre inspiradora.

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